Relatos Breves

Gustavito

Todo el mundo sabía que no era suficientemente gordo, aunque fuera gordo. Le faltaba más panza, le faltaba una segunda papada, le faltaban nalgas. Gustavito era querido por todos los niños, pero tenía hambre. Comía puro desperdicio de fruta y zacate seco y mala-hierba. Su casa era agua estancada, densa y limosa.

Gustavito, con esperanza, recibía a todos los niños que lo visitaban porque tenía hambre. En un rótulo desvencijado, pintado a mano, se leía: “prohibido dar comida.” Pero todos los niños le tiraban churros, le tiraban las sobras de tortilla, y los más valientes, le tiraban semillas de aguacate, directo, en la espalda.

Yo soy un sereno de los de a pie. Mi consigna es pitar el silbato cada hora en mis rondas nocturnas. No llevo armas ni uniforme. Caminar bordeando el recinto del zoológico es parte de mi ruta obligatoria.

Anoche oí llegar un vehículo al portón principal del zoológico como a las tres de la madrugada. Estaba cerca y entonces me acerqué por purita curiosidad. Descubrí que era una camioneta de la alcaldía. Se bajó un tipo, no iba solo, adentro iban más pasajeros, pero no logré distinguir cuantos eran. Forzó el portón rompiendo las cadenas y el candado. Al escuchar el ruido me escondí. Me coloqué en una posición segura, detrás de las palmeras, en la verja de la entrada principal. Del vehículo se bajaron varios hombres que solo los pude contar hasta que encendieron sus linternas de mano. Eran cuatro.

Cuatro eran los que se dirigieron al charco de Gustavito. Los cuatro empezaron a iluminar su rostro y su nariz. Lo querían despertar, querían que se asomara a la orilla. Además arrastraban un saco. No reconocí lo que llevaban en el saco, pero seguro era comida. Gustavito siempre tiene hambre. Lo van a envenenar pensé. También pensé en sonar el silbato, pero vi cuando los cuatro sacaban armas. Eran cuatro.

Gustavito salió del agua con el olor a comida. Se le veía el cuerpo plateado avanzando con porte lento. Cuatro saltaron sobre él. No se escuchó ni un tan solo bufido, tampoco forcejeo. Los cuatro paralizaron su cuerpo, quedó otro charco. Logré vislumbrar que las armas eran pica-hielos. Entre los cuatro hubo risas y bromas. Repitieron en son de burla el nombre: gusta-vito, gusta-vito, gusta-vito.

Asesinaron al hipopótamo del zoológico de El Salvador. Cuarenta y siete punzadas graves, se desconocen los motivos. Y yo, yo continuo con mis rondas nocturnas, con la saliva estancada y fría pegada en el silbato. Yo tengo hambre igual que Gustavito.

 

 

 

 

 

 

Catalina del Cid, (1973) artista visual, pedagoga y gestora cultural Soy centroamericana nacida en El Salvador de padre hondureño y madre salvadoreña. Dibujo mayormente con tinta china, acrílicos y acuarelas sobe la temática de los más vulnerables; los niños migrantes en tránsito, los peligros de la ruta del norte, el servicio doméstico. También, considero importante ilustrar los temas vulnerables de nuestro interior; el amor, la depresión y la poca oportunidad que le damos a la fantasía en nuestras vidas . Soy una enamorada de Salarrué como guía e inspiración para crear en varios ámbitos de las artes sin limitarme a un área específica. Trabajo en co-creaciones teatrales, experiencias sensoriales, escribo, ilustro, pinto y realizo actividades transgresoras en espacios públicos.

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