Uniforme del Servicio Doméstico

Escucha 1 – Historia inicial

Uniforme del Servicio Doméstico.                            

Tengo cuarenta y cinco años y empiezo a comprender que no solo con las orejas se escucha. En el teatro aprendí  que se escucha con la postura corporal, los gestos,  tono de voz, el cuerpo entero. También se puede escuchar con la empatía cuando te logras relacionar emocionalmente con la historia del otro.  Algunas veces logro escuchar con la intuición, que es una certeza que se instala en mi cabeza, y no sé de dónde viene o cómo aparece, pero que me asegura con plena confianza: “por allí es.” Pues yo quiero compartir en este blog un poco de mi escucha y mi falta de escucha…

Regreso en el tiempo cuarenta años, mis raíces, mis abuelos maternos, en su casa colonial de Sonsonate, El Salvador. La sensación que recuerdo es sentirme con miedo, con ganas de hacer pipi por la noche en el cuartón donde dormía y calcular la distancia que debía caminar hasta llegar al baño.  La casa tenía los dormitorios  y salones dispuestos alrededor de un patio interior central,  el baño quedaba retirado.  Cuando me atrevía a salir del cuartón rumbo al baño, notaba que el patio estaba habitado por ruidos y voces lejanas.

Allí, no sólo vivía mi familia también vivían otras mujeres.  Allí trabajaba la muchacha cocinera, luego habían dos muchachas de interior, las que hacían limpieza en las habitaciones,  y tres veces por semana, llegaba la muchacha que lavaba la ropa, planchaba y almidonaba los cuellos y los puños de las camisas de mi abuelo, el doctor.  El rostro de las muchachas se me vuelve borroso, su mundo estaba apartado en una segunda planta del patio,  inaccesible sólo por los murmullos.  Lo que sí tuve claro es que mi mamá siempre tuvo varias muchachas, y mi abuela también, y la madre de mi abuela igual, lo mismo la abuela de mi abuela; generaciones de muchachas vestidas con el uniforme del servicio doméstico han pasado por mi familia.

En la capital, San Salvador, habían dos muchachas. Luego quedó una fija que dormía en casa, y una vez a la semana llegaba siempre la cocinera que además hacía trabajos extra como limpiar vidrios y lavar el carro. En la casa de mi mamá las muchachas no comían en el comedor con nosotras, ellas tenían su propia mesita a la par de la pila de lavar ropa. Sus platos donde comían, la taza y el vaso, tampoco eran los mismos que yo usaba, eran de plástico y se veían gastados. Comían muchas tortillas y agarraban pedacitos pequeños de carne para acompañar el arroz y la ensalada.

Yo todo lo veía, me fijaba en esos detalles, pero en mi cabeza no hacía ninguna conexión, no cuestionaba nuestras costumbres.  Lo que disfrutaba era ir a ver las novelas mexicanas por la noche, en el cuarto de ellas, sobre su cama, me sentía tan a gusto y agradecida que me dejaran estar. Mi hermana y mi mamá veían la tele a color, arriba, en la sala familiar, lejos.

Por un golpe de suerte apareció en mi vida Mari.  Mari fue la empleada doméstica  que tuvo mi mamá cuando yo era adolescente.  Ella era apenas cuatro años mayor que yo, con el cabello rizado, muy alta y le sudaban las manos. Nos convertimos en amigas de inmediato. Mari me guardaba mis tesoros cuando mi mamá se metía a ordenar mi habitación y a botar  lo que a ella no le gustaba. Ella los sacaba del bote de la basura y me los daba de escondidas: mis escuditos, mis conchas, piedras y tronquitos que yo tenía por costumbre recolectar. Mari también mentía por mí cuando llamaban  del colegio a mi casa a preguntar dónde estaba y porqué no había ido a clases. Ella les decía que yo estaba enferma, cuando en realidad,  mis amigas y yo, nos escapábamos al mar. La casa con Mari era un lugar seguro.

Los fines de semana comíamos en la salita familiar con mi hermana y mi mamá  en vez de cenar en el comedor.  Eso significaba que el trayecto de la cocina a la salita, con el azafate lleno de comida servida, era más largo y además había que subir unas escaleras.  Una noche, Mari sirvió la taza de leche caliente bastante llena y se rebalsó  sobre la paila. Se manchó la servilleta de tela bordada. Esos detalles nunca se me olvidan, mi mamá recibió su paila pegajosa y chorreada de leche.  

Mi mamá reaccionó con un alarido…  La desaprobación fue tal que vino acompañada con unos ademanes, unos ademanes que yo identifiqué por primera vez como “una costumbre atávica de dar ordenes a la servidumbre.”  A mis trece años, me levanté del sillón y logré articular: Nunca más, me escucha mamá, le vuelve a gritar a Mari de esa manera. Agarré mis platos y me fui a comer al cuarto de Mari, junto a ella. Algo profundo se había revelando contra la norma de mi familia, sentí una verdadera indignación.

De mi casa me fui  bastante pronto y Mari prefirió cambiarse de trabajo a otra casa, luego se casó y yo fui a su boda que estuvo genial. Ahora Mari tiene dos hijas, una de ellas ya inició los estudios universitarios.

Siguieron pasando los años y yo volví a tener otro golpe de suerte, otra posibilidad de escucha, fue gracias a Gloria.  El primer día que llegó la señora Gloria a trabajar a casa, le dije que le había comprado  tres uniformes del servicio doméstico, para que ella pudiera estrenar sin dañar su ropa. Eran los típicos uniformes del servicio doméstico, esos que son un vestido de tela gruesa de nylon, generalmente azul oscuro, con tres botones blancos, y luego un delantal con bordillos de encaje, los que te venden en los supermercados.  Cuando le dije a Gloria que le había comprado uniformes nuevos, lo hice con buenas intenciones, lo que no hice fue mirarle bien a los ojos, ni comprender su lenguaje corporal cuando pronunció: gracias niña Cati.

Volvieron a pasar todavía más años, mi hija Azul había nacido y ya corría por la casa y se adoraban con la señora Gloria, y era con Gloria, la única persona, con quien mi hija comía  pescado empanizado con limón y sal. Habíamos creado fuertes lazos.  Yo me creía tan diferente a las costumbres de mi línea materna porque el hijo y los nietos de Gloria llegaban de visita a casa. Según yo en nuestra casa, la señora Gloria, era otro miembro de la familia a la que mi hija  llamaba cariñosamente, “Yayita.”  Y así,  un día normal y corriente de pronto vi a Gloria, realmente vi a la señora Gloria  y finalmente le pregunté:

¿Gloria y a usted le gusta el uniforme del servicio doméstico? ¿o le gustaría usar otra ropa?

Algo tan sencillo como eso, que me tomó tanto tiempo, años, preguntar fue lo que me abrió a la escucha. A la verdadera escucha de Gloria, de su sentir, de sus necesidades.  Esa pregunta me posibilitó romper el patrón de hábitos que tengo como arraigo y normalizado en mi vida por todas mis tías, mi abuela, mi mamá, y también por lo que crecí viendo en las casas de mis amigos del colegio.

Como una especie de “nuevo ritual” en mi familia, nos fuimos con la señora Gloria y mi hija de compras.   Fuimos en busca de las nuevas prendas de vestir de la señora Gloria para trabajar en casa. Gloria escogió tres pantalones tipo dockers, uno en gris, otro café y el tercero, azul oscuro. Luego seleccionó tres camisas de algodón con manga corta y botones, una blanca con rayitas rojas, la otra aqua y la otra color fucsia. La ropa era cómoda, linda,  y le combinaba bien. En el probador del almacén, afuera, sentadas la esperábamos Azul y yo. Gloria salió a mostrarnos los conjuntos y se miraba en el espejo y nos miraba a nosotras, sonreía. Mi hija y yo veíamos a Gloria tan contenta, tan bonita sin el uniforme del servicio doméstico, que también fue puras sonrisas de complicidad.

 

 

Catalina del Cid, (1973) artista visual, pedagoga y gestora cultural Soy centroamericana nacida en El Salvador de padre hondureño y madre salvadoreña. Dibujo mayormente con tinta china, acrílicos y acuarelas sobe la temática de los más vulnerables; los niños migrantes en tránsito, los peligros de la ruta del norte, el servicio doméstico. También, considero importante ilustrar los temas vulnerables de nuestro interior; el amor, la depresión y la poca oportunidad que le damos a la fantasía en nuestras vidas . Soy una enamorada de Salarrué como guía e inspiración para crear en varios ámbitos de las artes sin limitarme a un área específica. Trabajo en co-creaciones teatrales, experiencias sensoriales, escribo, ilustro, pinto y realizo actividades transgresoras en espacios públicos.

7 Comentarios

  • Luisa Calix

    Espectacular escrito querida Catalina…. Con palabras sencillas claras nos gritan a nuestra consciencia respectos a estés seres humanos tan especiales…. Nuestras empleadas me has hecho comprender mejor la película Roma… Bellos retrato de nuestro vivir cotidiano de nuestra adolescencia. Sigue compartiendo Miga fuerte abrazo y Lluvia de bendiciones

  • Cristina Palomino

    Me he sentido tan identificada y la manera tan linda de plasmar esas vivencias. Esto es lo que pasa en nuestros países, soy peruana y lo viví, aunque nuestra generación se ha ido revelando a estas «costumbres», aún hay cosas que continúan como no comer juntos y que te digan «patrona».
    Creo que dar a conocer esa experiencia ayude a construir un lugar más igualitario.

    • CatalinaDelcid_2019

      Exacto Cristina, Peru y El Salvador es Latinoamérica y hemos vivido lo mismo desde el lado de «niña Cati» que al final es la patrona. Ojalá que logremos mostrarles a nuestros hijos, con el ejemplo, otra manera de convivir de manera más igualitaria y digna en el espacio íntimo que es nuestro hogar.

  • Marina Palacios

    Mi querida Amiga , es un placer literario leerte , desde que supe tú proyecto realmente haz podido ser una escucha perfecta , hay mucho por escuchar y mucho por decir , sigue en la misma linia que espero ansiosa poder seguir leyendo!.

    Desde ese sector tan guerrero y luchador que necesita de más voces y más ejemplos como el tuyo , also la mía y educo para mejorar las condiciones de las que han sido y seguiran siendo mis compañeras !.

    • CatalinaDelcid_2019

      Marina preciosa! Yo estoy plena de agradecimiento porque te cruzaste en mi camino de vida. Es por mujeres como tú, tan líderes y cachimbonas, que vale la pena montar el blog como un primer paso, cosa pequeñita, la semilla de algo más grande y necesario en nuestra región. Gracias por tu apoyo infinito en Barcelona.

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